En una movida audaz que remueve los cimientos de la geopolítica latinoamericana, el presidente Donald Trump ordenó una operación militar en Venezuela que resultó en la captura del líder Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, el pasado sábado. Trasladados a una prisión federal en Nueva York, enfrentan cargos por narcotráfico y corrupción, culminando años de sanciones y presiones estadounidenses. Esta intervención no solo marca el fin de una era chavista, sino que plantea interrogantes sobre el futuro de la soberanía en la región, con Trump declarando abiertamente que EE.UU. “dirigirá” Venezuela para explotar sus vastas reservas petroleras.

El contexto de esta acción se remonta a la crisis venezolana iniciada en 2013 con la muerte de Hugo Chávez, seguida por el ascenso de Maduro en medio de hiperinflación, éxodo masivo y alianzas con Rusia, China e Irán. EE.UU., bajo administraciones previas, impuso sanciones que estrangularon la economía venezolana, reduciendo su producción petrolera de 3 millones de barriles diarios en 2013 a menos de 1 millón en 2025. Trump, en su segundo mandato, escaló la retórica al vincular a Maduro con carteles narcotraficantes que operan rutas hacia México y EE.UU., justificando la incursión como una medida de “justicia” contra el “narcoestado”. Actores clave incluyen a Delcy Rodríguez, quien asumió la presidencia interina y extendió una rama de olivo a Trump proponiendo una “agenda de cooperación” vía Instagram, contrastando con las condenas vehementes de aliados como Vladimir Putin, quien calificó el acto de “agresión imperialista”, y Xi Jinping, advirtiendo sobre “consecuencias impredecibles” en el orden global.

Antecedentes revelan un patrón trumpista de intervencionismo: desde intentos fallidos de compra de Groenlandia en 2019 hasta presiones sobre México por migración y narcotráfico. Datos relevantes destacan que Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo (300 mil millones de barriles), superando a Arabia Saudita, lo que explica el interés económico. Chevron y otras firmas estadounidenses ya han visto un alza del 6% en sus acciones, anticipando inversiones millonarias. Sin embargo, las consecuencias podrían ser multifacéticas: caídas inmediatas en precios del crudo (un 4% en las primeras horas), disrupciones en el suministro global y un éxodo venezolano que ya presiona fronteras mexicanas con 339 mil migrantes irregulares en 2025.

Citas de líderes ilustran la polarización. Trump, en rueda de prensa, afirmó: “Hemos liberado a Venezuela del yugo socialista; ahora, sus recursos servirán al pueblo americano y a la estabilidad regional”. En contraste, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum respondió: “No aceptaremos intervenciones; nuestra soberanía es innegociable”, uniendo a México con Brasil, Colombia y otros en un rechazo colectivo al control estadounidense del petróleo venezolano. Analistas como Jeremy Bowen de la BBC advierten: “Esto establece un precedente peligroso para regímenes autoritarios, pero el mundo no opera bajo reglas unilaterales”.

En prospectiva, este hecho influirá en el corto plazo con posibles sanciones recíprocas de Rusia y China, afectando el comercio global y elevando tensiones en la ONU, donde se debate una resolución condenatoria. A mediano plazo, podría revitalizar la Doctrina Monroe –EE.UU. como guardián del hemisferio–, pero a costa de alienar aliados y fomentar un multipolarismo agresivo. Para México, implica un delicado equilibrio: mantener la neutralidad mientras negocia el TMEC bajo amenazas trumpistas. En última instancia, esta irrupción no solo redefine Venezuela, sino que cuestiona si el intervencionismo estadounidense fortalece o erosiona su liderazgo global, invitándonos a reflexionar sobre un mundo donde el poder se impone sobre el diálogo.

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