Ay, amigos, aquí estamos otra vez: Donald Trump, el inquilino eterno de la Casa Blanca (o al menos eso parece), decidió que 2025-2026 era el momento perfecto para jugar Risk en el patio trasero de América Latina. Con su Operación Southern Spear –que traducido al español suena a “Lanza del Sur”, pero con acento gringo– nos ha regalado un culebrón que ni las telenovelas de Televisa: amenazas a México, bombazos en el Caribe y, cereza del pastel, la captura express de Nicolás Maduro el 3 de enero. Como mexicano que ha visto de todo –desde “viene el lobo” hasta “ya merito”–, les cuento esto con una ceja arqueada y una sonrisa pícara, porque si no nos reímos, nos da el infarto colectivo.
Empecemos por el vecino del norte y su obsesión con México, que ya parece un amor-odio de comedia romántica. Desde el 20 de enero de 2025, Trump firmó una orden ejecutiva etiquetando a los cárteles –Sinaloa, CJNG y compañía– como terroristas extranjeros. En el papelito oficial, dice que estos cuates han montado “una campaña de violencia y terror” y que en partes de México actúan como “entidades cuasi-gubernamentales”. ¿Cuasi-gubernamentales? ¡Órale! Como si el gobierno mexicano no tuviera suficiente con sus propios enredos para que ahora le echen la culpa de todo. Es como culpar al mesero porque el cliente pidió extra picante y se quemó la lengua.
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El año avanzó y Trump no aflojó. En agosto, mandó una directiva secreta al Pentágono para preparar golpes militares contra cárteles. En noviembre, le dijo a Reuters que ataques terrestres en México le parecían “OK with me, whatever we have to do to stop drugs”. Y en diciembre, con Politico: “Sure, I would”, como quien acepta un taco más aunque ya esté lleno. Cerró el 2025 clasificando el fentanilo como “arma de destrucción masiva” y soltando perlas como: “There’s no doubt that America’s adversaries are trafficking fentanyl… in part because they want to kill Americans”. Adversarios, dice. China manda los precursores, los cárteles mexicanos los cocinan y cruzan, y el consumidor está al norte. Pero claro, la culpa siempre cae en el intermediario, como el clásico “el perro se comió mi tarea”.
Mientras tanto, en la Southern Spear, Trump andaba bombardeando barquitos en el Pacífico –algunos en rutas que tocan México– y tuiteando advertencias estilo vaquero: “If you are transporting drugs that can kill Americans, we are hunting you!”. Y remataba con un guiño: “Soon we will be starting the same program on land”. ¿En tierra? Ay, Donaldo, no nos asustes, que ya bastante tenemos con los bloqueos en la carretera.
Pero el verdadero show fue en Venezuela. Maduro, ese eterno inquilino de Miraflores acusado desde 2020 de narcoterrorismo (con 15 millones de recompensa, más que premio de lotería), se convirtió en el trofeo mayor. La operación empezó con despliegues navales en agosto, strikes a más de 35 embarcaciones y un bloqueo que parecía embargo de tiendita de abarrotes. El Congreso gringo intentó frenarlo, pero ni modo.
La noche del 3 de enero, en Caracas, fue de película de acción barata: bombazos en bases militares, Fuerte Tiuna, el mausoleo de Chávez (hasta los muertos sintieron el temblor), sistemas rusos antiaéreos hechos polvo. Luego, helicópteros con Delta Force entrando al palacio como si fuera Black Friday. Agarran a Maduro y a Cilia Flores en pijama, los suben al USS Iwo Jima y ¡zas! directo a Nueva York para juicio por conspiración de cocaína. Trump lo vio en vivo y dijo que era “como un show de TV”. Claro, para él todo es reality show; para los venezolanos, es tragedia con rating alto.
Ahora Venezuela está en el limbo: Padrino y Cabello jurando resistencia, Rusia y China mandando abrazos solidarios, y la oposición exiliada viendo el partido desde la banca. ¿Y el narcotráfico? Sigue fluyendo, porque Venezuela es más coca que fentanilo. Críticos –y aquí me incluyo con todo respeto– dicen que esto huele más a geopolítica que a guerra antidrogas: quitar un aliado de Putin y Xi, controlar petróleo, y de paso mandar mensajito a México y Colombia: “Les toca después”.
Miren, no soy ingenuo: el fentanilo mata, los cárteles son un cáncer y Maduro no era precisamente un demócrata modelo. Pero soluciones unilaterales estilo Rambo, con bombas y capturas exprés, suelen dejar más cráteres que curas. México lo sabe bien: cooperación sí, invasión no, gracias. Al final, Trump nos recuerda esa frase mexicana: “El que con lobos anda, a aullar se enseña”. Solo que aquí el lobo trae drones y portaaviones.
Y colorín colorado, este capítulo trumpista nos deja con una pregunta: ¿cuándo aprenderemos que el problema de las drogas se resuelve con menos balas y más inteligencia compartida? Mientras, agarren palomitas –o mejor, elote con chile–, que el próximo episodio promete más drama.
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