En un arranque de año cargado de tensiones, el presidente estadounidense Donald Trump ha intercambiado amenazas directas con altos funcionarios iraníes, advirtiendo que su país está “listo y cargado” para responder si Teherán reprime violentamente las protestas económicas que sacuden el país persa. Este episodio, que evoca los peores momentos de su primer mandato, pone en jaque la estabilidad de Oriente Medio y resuena en los pasillos de la diplomacia global.

Las protestas en Irán, que entraron en su quinta semana según informes del Consejo Nacional de Resistencia Iraní (NCRI), surgen de un colapso económico agravado por sanciones internacionales, corrupción endémica y una inflación que supera el 50%. Lo que comenzó como reclamos por subsidios alimentarios ha escalado a demandas políticas por mayor libertad y transparencia, recordando las revueltas de 2019. Trump, recién reelecto en 2024, ha revivido su doctrina de “máxima presión”, tuiteando que EE.UU. apoyará a los manifestantes si el régimen usa fuerza letal. En respuesta, un alto oficial del Consejo de Seguridad Nacional iraní calificó las palabras de Trump como “provocaciones imperialistas”, prometiendo defender la soberanía a toda costa. Actores clave incluyen al Líder Supremo Ali Khamenei, quien enfrenta divisiones internas en el régimen, y aliados de Trump como Israel, que ve en las protestas una oportunidad para debilitar a su adversario regional.

Antecedentes profundos marcan este conflicto: la salida de EE.UU. del acuerdo nuclear (JCPOA) en 2018 bajo Trump desató una espiral de sanciones que redujeron las exportaciones petroleras iraníes en un 80%, según datos de la OPEP. Hoy, con Irán enriqueciendo uranio al 60% —cerca del umbral armamentístico—, la tensión nuclear se entreteje con las protestas. Datos relevantes apuntan a más de 500 detenidos y al menos 20 fallecidos en las manifestaciones, perfiles que organizaciones como Amnistía Internacional califican de “represión sistemática”. Posibles consecuencias incluyen un boicot petrolero renovado, que elevaría los precios globales del crudo en un 15-20%, impactando economías vulnerables como la europea y la latinoamericana.

Citas de líderes ilustran la gravedad: Trump declaró en una conferencia de prensa: “No permitiremos otro baño de sangre; Irán debe elegir entre el cambio o el aislamiento total”. Por su parte, el ministro de Exteriores iraní respondió: “Las amenazas de Washington solo unen a nuestro pueblo contra el intervencionismo extranjero”, según reportes de la agencia estatal IRNA. Analistas como Karim Sadjadpour, del Carnegie Endowment, comentan: “Trump busca un triunfo rápido para su agenda doméstica, pero un error podría arrastrar a la región a un conflicto mayor, involucrando a Rusia y China como aliados de Teherán”.

En perspectiva, este enfrentamiento influirá en el corto plazo al polarizar aún más el Consejo de Seguridad de la ONU, donde vetos rusos y chinos podrían bloquear resoluciones. A mediano plazo, si las protestas derrocan al régimen —un escenario improbable pero posible—, podría abrir puertas a un nuevo acuerdo nuclear, estabilizando el mercado energético. Sin embargo, una escalada militar desestabilizaría rutas comerciales clave como el Estrecho de Ormuz, afectando el 20% del petróleo mundial y elevando costos para países como México, dependiente de importaciones estables. En última instancia, este episodio subraya cómo la política interna de grandes potencias reverbera globalmente, recordándonos la fragilidad del orden internacional en una era de liderazgos populistas. México, con su enfoque en la no intervención, observará de cerca, ya que cualquier disrupción energética complicaría su propia transición hacia la soberanía energética promovida por Sheinbaum.

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